Versión en distosión

Eran dos tipos requetefinos.
Excelentes modales. Zapatos limpios, trajes impecables y negros maletines llenos de papeles escritos, dibujos y extraños objetos personales.
Eran dos tipos medio chiflados.
Particulares. Despojos de un incierto pasado, sibilinos. Hilarantes. Grandes bebedores de orujo y auténticos pervertidos sexuales.
Eran dos tipos casi divinos.
Poetas, católicos no practicantes. Expulsados del colegio de los Capuchinos, arrepentidos. Condenados, de andares silenciosos y pseudotrascendentales.
Eran dos tipos desbaratados.
Pecadores. Puteros ocasionales, entrañables. Fingidos vividores, atrapados. Idealistas, ex-drogadictos fumadores. Acabados.
Fueron amigos en el pasado. Compañeros de trabajo, piso y noches. Ahora estaban como enfrentados. Lo mismo que les unió un día les había separado y una sórdida camaradería es la que practicaban.
Si se encontraban en una esquina o se encontraban en el café, siempre se oía con voz muy fina el saludito de Don José.
-Hola, Don Pepito.
Sus pensamientos parecían malvados. Giraba lentamente el antagonista maldito y le clavaba la mirada antes de, previo silencio, responder:
-Hola, Don José.
Aquellos encuentros estaban envenenados. Calma tensa, jugaban a un juego extraño. Absurdos desafíos que nadie más solía entender.
-¿Pasó usted ya por casa?
No había ánimos de reyerta, pero se mostraba Don José violento como el malo de Grease que tenía acné. Tenía verdaderos celos de que Don Pepito cruzara su puerta porque siempre se dejaba papelitos de los que guardaba en su maletín demodé.
-Por su casa yo pasé.- replicaba Don Pepito con la serenidad de un profesor de autoescuela. Quien tenía miedo de veras era Don José. Sabía que lo que decía era cierto, pues para Don Pepito la verdad era cruel.
-¿Vio usted a mi abuela?- preguntaba tembloroso el cobarde Don José. A Don Pepito nunca le asustaron los fantasmas. Convivían sin problemas y solía decir que conversar con ellos era un placer.
-A su abuela, yo la vi.
Ya andaba Don José con el rabo entre las piernas, buscando una esquina que torcer para poner la directa y buscar el bizarro papel. Correr para tirarlo a la basura antes de no poder evitar leer.
-¡Adiós, Don Pepito!
Se despedía aterrorizado, esperando no volverle a ver. Corriendo a más no poder se giraba varias veces sobre su espalda, asegurándose de que no le podía coger como aquella vez hace algunos años cuando lo echaron todo a perder.
-¡Adiós, Don José!
Exclamaba Don Pepito a grito pelado con una inmaculada sonrisa en la boca. Lo había vuelto a hacer. Con el miedo que le había entrado, Don José se había dejado en la acera abandonado su oscuro maletín de piel. Don Pepito lo sostenía en la mano mientras emprendía la calle hacia el lado contrario. Pronto se verían otra vez. Ahora buscaba un rincón tranquilo donde abrir la caja de pandora para atrapar sus demonios al viento y mojarlos en cortado caliente. Alimentarse y crecer.
Don José a gatas junto su cama encontraba el pequeño papel. Un pizzino como los de la mafia, caligrafía limpia y minúscula letra. De gallina se le ponía la piel:
“Quizá no quiera darse cuenta,
querido amigo Don José.
Usted y yo somos el mismo,
¿Lo ha pensado alguna vez?”
Gráfico de un pedal de distorsión de guitarra. Enviado por the one and only Píter Garre, colaborador habitual y persona excepcional.



