14.12.07

Versión en distosión




Eran dos tipos requetefinos.
Excelentes modales. Zapatos limpios, trajes impecables y negros maletines llenos de papeles escritos, dibujos y extraños objetos personales.

Eran dos tipos medio chiflados.
Particulares. Despojos de un incierto pasado, sibilinos. Hilarantes. Grandes bebedores de orujo y auténticos pervertidos sexuales.

Eran dos tipos casi divinos.
Poetas, católicos no practicantes. Expulsados del colegio de los Capuchinos, arrepentidos. Condenados, de andares silenciosos y pseudotrascendentales.

Eran dos tipos desbaratados.
Pecadores. Puteros ocasionales, entrañables. Fingidos vividores, atrapados. Idealistas, ex-drogadictos fumadores. Acabados.

Fueron amigos en el pasado. Compañeros de trabajo, piso y noches. Ahora estaban como enfrentados. Lo mismo que les unió un día les había separado y una sórdida camaradería es la que practicaban.

Si se encontraban en una esquina o se encontraban en el café, siempre se oía con voz muy fina el saludito de Don José.

-Hola, Don Pepito.

Sus pensamientos parecían malvados. Giraba lentamente el antagonista maldito y le clavaba la mirada antes de, previo silencio, responder:

-Hola, Don José.

Aquellos encuentros estaban envenenados. Calma tensa, jugaban a un juego extraño. Absurdos desafíos que nadie más solía entender.


-¿Pasó usted ya por casa?

No había ánimos de reyerta, pero se mostraba Don José violento como el malo de Grease que tenía acné. Tenía verdaderos celos de que Don Pepito cruzara su puerta porque siempre se dejaba papelitos de los que guardaba en su maletín demodé.


-Por su casa yo pasé.- replicaba Don Pepito con la serenidad de un profesor de autoescuela. Quien tenía miedo de veras era Don José. Sabía que lo que decía era cierto, pues para Don Pepito la verdad era cruel.

-¿Vio usted a mi abuela?- preguntaba tembloroso el cobarde Don José. A Don Pepito nunca le asustaron los fantasmas. Convivían sin problemas y solía decir que conversar con ellos era un placer.

-A su abuela, yo la vi.
Ya andaba Don José con el rabo entre las piernas, buscando una esquina que torcer para poner la directa y buscar el bizarro papel. Correr para tirarlo a la basura antes de no poder evitar leer.

-¡Adiós, Don Pepito!
Se despedía aterrorizado, esperando no volverle a ver. Corriendo a más no poder se giraba varias veces sobre su espalda, asegurándose de que no le podía coger como aquella vez hace algunos años cuando lo echaron todo a perder.

-¡Adiós, Don José!
Exclamaba Don Pepito a grito pelado con una inmaculada sonrisa en la boca. Lo había vuelto a hacer. Con el miedo que le había entrado, Don José se había dejado en la acera abandonado su oscuro maletín de piel. Don Pepito lo sostenía en la mano mientras emprendía la calle hacia el lado contrario. Pronto se verían otra vez. Ahora buscaba un rincón tranquilo donde abrir la caja de pandora para atrapar sus demonios al viento y mojarlos en cortado caliente. Alimentarse y crecer.





Don José a gatas junto su cama encontraba el pequeño papel. Un pizzino como los de la mafia, caligrafía limpia y minúscula letra. De gallina se le ponía la piel:

“Quizá no quiera darse cuenta,
querido amigo Don José.
Usted y yo somos el mismo,
¿Lo ha pensado alguna vez?”







Gráfico de un pedal de distorsión de guitarra. Enviado por the one and only Píter Garre, colaborador habitual y persona excepcional.

23.10.07

El delito de los arquitextos


Pensé en la persona que llamó por primera vez mesa a una mesa.

Luego pensé en el sin nombre que bautizó al primero que tuvo un nombre.

Imaginé a quien dio un significante a la belleza
y era un hombre feo y solo el que estaba en mi cabeza.


Descubrí que sabemos leer y escribir, pero sólo somos arquitextos.
Construimos, casi siempre estructuras absurdas y pequeñas capaces de no decir nada.
Tan difíciles de redactar si uno le pone un mínimo empeño, tan fáciles de destruir por cualquiera sin ningún tipo de esfuerzo;
Eliminar mensajes, no guardar, enviar a papelera, goma de borrar.
Sobreescribir, tachar.
Corregir.

Olvidar.


Somos tan frágiles y ridículos como la mayoría de esos textos que armamos.
Y nos equivocamos.

Lo siento, hoy estoy contra la literatura por mucho que Vila-Matas sea un genio.
Crucificadme si queréis, pero no olvidéis que hay algo mucho más importante que la escritura.
No hace falta ir más allá, sino más acá.

Sin darnos cuenta menospreciamos la verdadera esencia del lenguaje, el origen de todo.
La base.

A lo mejor deberíamos volver a clase, como párvulos, y reconocer otra vez la ordenación perfecta de letras que conforma cada palabra. Redescubrir en cada una de ellas la música y la belleza de lo exacto. Reclamar nuestra inocencia.

Mientras, nos reímos del vocabulario, escupimos en los diccionarios y faltamos al respeto de quien llamó por primera vez mesa a una mesa y de todos los que un día inventaron cómo llamar a la vida; los que llenaron nuestra memoria y jamás pasaron a la historia.

Usted y yo, miserables, abreviamos los abrazos, nos comemos las vocales y no sabemos concretarnos más allá de miradas, medias sonrisas y silencios.
Podría tomarnos kilómetros de frases describir un solo instante.
Todas estas líneas son un buen mal ejemplo de ello.

No quiero una novela, quiero una palabra.

Tengo ansia y ataques de etimología.
Me queda algo, poco, de poesía
y he copiado una idea.

El amor no es lo más inmenso, lo siento.

No me valen tópicos ni metáforas, ni sufijos, ni mentiras.
Quiero una palabra y no existe todavía.

La tengo en la punta de la lengua, aunque no sé si quedará atrapada.
Si un día consigue escaparse nada podrá destruirla.

Quizá tú puedas ayudarme, porque también deberías sentirte culpable.
Cuando la encontremos podrás marcharte.




Y luego pensaré un nombre para mi perro que sea más grande que el de Dios.




"Let's take a shower". Enviada por el grandíssim Enric Palou, hijo de inventores de palabras: Auisans i mirarf.

5.9.07

Muerte de un dandy


Un dandy sale de casa a media mañana y lo primero que hace es comprar un periódico. Cargado de rabiosa actualidad, anda no menos de cuatro calles antes de encontrar un café de su gusto: un dandy no acostumbra a repetir locales por temor a ser reconocido pues prefiere ser anónimo, respetado y fugaz.

Puede estar una eternidad tomando café, pero la ciudad invita y emprende cual atleta el mágico paseo hacia el infinito del que hace un trozo cada día. No suele apretar el paso pero es firme, silencioso y determinado. Diríase que sus andares bailan entre la elegancia y la extravagancia,
entre la apariencia y la inocencia y entre algas.

Un dandy es siempre respetuoso y educado, da conversación a los extraños y confianza a los amigos, nunca tiene prisa y gusta disfrutar de su hiperbólico paseo en buena compañía aunque siempre acabe solo. Que nadie ose compadecerse de él pues es la soledad su estado natural.

Un dandy siempre saluda a los perros y acompaña a las damas hasta las puertas de sus casas besándoles la mano en las despedidas con rotundo respeto, el tiempo justo, dos palabras y un leve crujido tierno.

Un dandy camina pero no acostumbra a mirar hacia delante porque no tiene futuro y lo sabe. Se sale del camino cuando nadie le observa y coge atajos extraños donde canta a pequeños susurros, imperceptibles incluso para los pájaros. Mira hacia atrás, pero sólo para asegurarse de que nadie le sigue, y se detiene cuando un detalle le requiere o cuando encuentra un buen restaurante.

Improvisa poco el dandy porque la vida ya improvisa suficientemente y le regala millones de instantes; olor a pan recién hecho, descorchar una botella de vino, el destello de un ojo, cruzar ante un espejo, espiar una sonrisa, perseguir un cuento, burlar al sueño, solventar lo imposible y enterrar y desenterrar secretos.

Un dandy pasa sus años de paseo recordando cada momento para que el día que decida sentarse pueda describir su belleza a quienes se atrevan a escucharle y ansia morir como Robert Walser el día que llegue el momento pero el momento llega antes y le pilla desprevenido.
Su vida termina, pero su paseo es eterno.

Al pasar por la calle la policía acordonaba la zona esperando que el juez ordenara levantar el cuerpo. Vi caer nieve. El dandy parecía tranquilo.
Estaba muy quieto.



"Hasta dónde". Enviada amablemente por Aitor, víctima de un paseo virtual que le trajo hasta aquí. Vuelve siempre que quieras.

31.7.07

Cara a cara




Hay un hombre que sólo sale de su casa un día a la semana.

Cuando se abre su portal maldito son decenas de cientos de miles los que corren a refugiarse. Encerrados ya en casa, esperan que el televisor les de alguna noticia que les permita levantarse.
No son pocos los valientes que quieren arriesgarse y abren la ventana para ver al extraño hombre que cierra los comercios con su desgana y llena las iglesias de temores y de ovejas. Secuestra a las personas en coches y colapsa las carreteras, y además gusta el macabro individuo de irritar a las parejas. Es él quien pone los sabores raros que notas a veces cuando besas.
Cuando el tipo entra en el cine vestido con su nostalgia hace que te duermas si la peli es buena y que te la tragues entera si es mala. En realidad no le gusta el fútbol y engorda los diarios con terribles fechorías.
No tiene piedad el muy despiadado ni con nadie ni con nada.
Si se cruza en tu camino ignorarle deberías, pero yo soy ignorante y ayer salí a buscarle con una furia inusitada. Perseguí su paseo implacable de atardeceres desiertos hasta que al girar una esquina le vi de lejos y al gritarle se paró. Tardó una pequeña eternidad en tornarse para devolverme la mirada y cuando estaba a punto de arrearle con pena penita pena el solitario me soltó:

“Yo también me aburro. ¿Quieres ser mi amigo?”

Guardaos de él, pero respetadle.
Su nombre es Domingo y ya sabéis cuando sale.





"El día D". Dibujo enviado por Furlo Furlan, Presidente di Parma. (Ho parlato con Don Miami e Don Fucking New York City. Tutto presto.)

24.7.07

El devorador de cuentos


Una vez un amigo mío me invitó a comer un cuento.

Llegué a su casa con una botella de vino y nos sentamos en la cocina. Tras contarme lo buena que estaba su vecina, viendo que yo estaba ansioso por dar comienzo a tan insólita experiencia, descorchamos el rojo y oscuro caldo y comenzó una aventura gastronómica que llegó más alla de la ciencia.

-Mientras preparamos el cuento, te voy a ir contando un cuento-, me dijo mi amigo mientras esperaba que el agua de la olla estuviera hirviendo.

-Una vez un amigo mío me invitó a comer un cuento, como éste que nos espera. Y mientras preparaba el extraño banquete me contó que fue el mismísimo devorador de cuentos quien le proporcionó tan mágica receta.

¿Quién es el devorador de cuentos?

-Yo tampoco sabía quién era el devorador de cuentos. Así que se lo pregunté.

Y me contó que el devorador de cuentos era un tipo que escribía cuentos y que tenía un pasado tormentoso y un presente atormentado, que era un ser obsesionado y que se había convertido en una criatura de la noche, en la leyenda de un malsano.

-Guardaba sus cuentos con tanto celo que, antes que alguien pudiera leerlos, prefería comérselos. Le resultaba tan grato el manjar, que la duda de escribir para vivir o vivir para escribir decidió de esta manera zanjar. Las dos cosas a la vez podían, de alguna manera, resultar.

Y fue así como el devorador de cuentos empezó su dieta literaria. La de alimentarse, literalmente, de las historias que pensaba.

Contó que su amigo le contó que el devorador de cuentos contaba que el cuerpo humano no digiere la celulosa que en el papel se encontraba. Sin embargo tenía un gran poder laxante, y es por eso que a cada instante el devorador de cuentos se iba al lavabo. Tanto, que dicen que tenía también allí un escritorio instalado.


-Su mente tenía que producir gran cantidad de cuentos al día, porque de eso dependía su textual sustento. Qué triste y dura era la vida del devorador de cuentos. Cuando tenía una historia en la cabeza, la transcribía al papel con un rotulador negro. Intentaba que los trazos fueran bien gruesos para darle más sabor a cada momento.

Con eso se me atragantó la historia. Pero lo que contó después mi amigo quedó grabado en mi memoria como los cuentos que contaba mi abuela, que eran cuentos de hambre, patata y postguerra.

-No tardó en descubrir el devorador de cuentos que su dieta le llevaría pronto al infierno. Había perdido catorce kilos y la tinta le hizo caer, al poco, enfermo. Lo que él había considerado una especia era en realidad veneno ¡Maldita tinta tóxica de rotulador permanente, deja de hacerle daño a gente inocente! Pero nada podía interponerse entre el devorador de cuentos y el cumplirse de su sueño.

Puso a hervir harina, arroz y trigo y acto seguido mi amigo prosiguió con lo que el devorador de cuentos entonces descubrió. “Cualquier color será mi tinta y cualquier blanco mi papel. Nadie impedirá que estos cuentos míos me sirvan para comer.”, se decía el devorador de cuentos cuando de su mal se recuperó.
Sus errores de sintaxis sin excusas admitió.
Luego subordinó la escritura a la gastronomía, decidió comer en superlativo y empezó a conjugar el verbo cocinar en un tiempo que él mismo desconocía.

-El devorador de cuentos escribía noche y día para satisfacer sus exquisitos deseos. Y tantos fueron los paseos del escritorio a la cocina que tornose el devorador de cuentos en tremendo sibarita.

Con la pasta resultante del hervido de cereales trabajó mi gran amigo dos finísimas láminas gigantes de papel inmaculado. Antes de meterlas en el horno les dio ralladura de ajo porro, un toque de pimienta blanca y un cálido baño de caldo.

-No quería el devorador de cuentos que tuvieran siempre el mismo sabor, pues sería un terrible error escribir siempre la misma historia y el mismo final. Fue en ese preciso momento cuando el devorador de cuentos tuvo otra idea genial.

Mi amigo me preguntó qué tipo de historia había pensado porque tenía que darle al cuento el sabor adecuado, que así sería más intenso. Y le pregunté, pincel en mano, qué géneros guardaba en sus armarios, y en sus adentros.

-Tinta de miel y almendra, de calamar del mar muerto, de sangre de joven cordero, de carne de canto de sirena, de chocolate caliente y romero. Inventaba el devorador de cuentos gustos para todos sus textos y subrayaba sus palabras preferidas con salsa de fantasía.

Mis párrafos escogieron color y me coloqué sobre la mesa. Copié de arriba a abajo un papel que traía en letra impresa y tras unos minutos eternos nuestros cuentos estuvieron dispuestos. Los leímos en voz alta y brindamos por el devorador de cuentos, el hombre que se retroalimentaba, un nuevo ídolo a partir de aquellos momentos de éxtasis vocabulario.

Yo tengo máximo respeto por lo que cada uno elige para comer, pero lo que de esta historia creí comprender es que en compartir mesas y cuentos consiste el verdadero placer.






Fotografía de un anuncio muy malo enviada por la alegre Angelina. Si te has quedado con hambre, lo siento pero sólo me quedan huevos.

3.7.07

Título


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Anti-imagen, anti-texto, canción del verano bonus by Los Punkitos y un llamamiento a todos los millones de lectores de este humilde y minúsculo blog para que colaboren y envíen sus imágenes a la dirección arriba indicada, pues no me queda nada en la despensa.
Sería divertido poder seguir con este pequeño proyecto que me gusta compartir con vosotros. (Lo pondré también en inglés porque queda muy cool) Please send image, motherfucker.


Hoy lo pido yo, pero la próxima vez lo hará él:

24.6.07

La Naturaleza de la Belleza


Una mujer es bella de verdad si ya despierta bella.
Bella a la luz de la mañana. Bella sin maquillaje, sin trucos.
Bella sin ropa que le favorezca. Bella con el pelo despeinado.
Bella sin otro perfume que el suyo.

Bellos incluso los andares del breve paseo hacia el lavabo con que comienza cada día su reinado.

Ella es bella mientras le mira en silencio y el tiempo se congela.
Es pronto y mientras sale de la cama desprende tanta frescura que sobre su piel se estremecen minúsculas gotas de rocío.

Ella se viste rápido con suaves y elegantes movimientos y no necesita mirarse al espejo antes de cerrar la puerta y desaparecer para siempre.

Si él hubiera despertado a tiempo, le habría hecho café y en un arrebato le habría propuesto ficticio e innecesario matrimonio escondido tras la sección de deportes del periódico.

Él nunca sabrá que pasó una noche con la mujer más bella del mundo.
Tendrá que conformarse con Titi Henry.



"Buenos días". Fotografía enviada por maese Carlitos, el amigo de los animales.